
Las elecciones en Estados Unidos y sus consecuencias para América Latina
Buenos Aires, 1° de noviembre (NA) -- El próximo 3 de noviembre se celebrarán en Estados Unidos las elecciones de medio término, mediante las cuales se renovará la totalidad de la Cámara de Repr...
Buenos Aires, 1° de noviembre (NA) -- El próximo 3 de noviembre se celebrarán en Estados Unidos las elecciones de medio término, mediante las cuales se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Pero más allá de definir la composición del Congreso y la correlación de fuerzas durante los próximos dos años, la importancia de estos comicios radica en que constituyen un verdadero referéndum sobre la gestión de Trump.
Para comprender su alcance, es preciso tener en cuenta que se trata de elecciones cuya relevancia trasciende las fronteras estadounidenses. En este sentido, me gustaría destacar tres cuestiones fundamentales: en primer lugar, el peso político, militar y económico de Estados Unidos en el sistema internacional; en segundo término, el carácter fuertemente autoritario de la administración de Trump; y, finalmente, las repercusiones que el resultado electoral tendrá sobre el escenario mundial y, especialmente, sobre América Latina.
A su vez, estas elecciones deben situarse dentro del cambio de época que estamos atravesando, marcado por la revolución tecnológica, la creciente financiarización de la economía y las profundas transformaciones en las formas de producción y acumulación de la riqueza que erosionan las bases del pacto social sobre el que se sostuvo el Estado de bienestar durante buena parte del siglo XX.
La estabilidad laboral, la movilidad social y el acceso a derechos fundamentales como la vivienda, la salud y la educación dejaron de constituir un horizonte previsible para gran parte de la población, al tiempo que los Estados enfrentan serias dificultades para responder a estas demandas, profundizando la brecha entre las expectativas sociales y la capacidad de respuesta política.
Mientras la precarización laboral, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y el endeudamiento público, privado y familiar se profundizan, los beneficios de estas transformaciones económicas y tecnológicas se concentran en pocas manos, en un proceso que también reconfigura la división internacional del trabajo e intensifica la competencia entre los Estados por recursos estratégicos indispensables para sostener la infraestructura de la economía digital, con el riesgo concreto de consolidar una inserción internacional cada vez más extractivista y subordinada para los países del Sur global.
Esta crisis se manifiesta con especial intensidad en Europa, donde el debilitamiento del crecimiento económico ha contribuido a erosionar las bases sobre las que se sostuvo el Estado de bienestar, una situación que se ve agravada por la presión de Estados Unidos sobre los países miembros de la OTAN para que incrementen significativamente su gasto en defensa, imponiendo nuevas exigencias presupuestarias que comprometen el desarrollo de las políticas sociales.
Todo esto ocurre en medio de un profundo malestar, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que ven cada vez más lejana la posibilidad de alcanzar las condiciones de vida de sus padres, mientras se erosiona la promesa de progreso colectivo que durante décadas sostuvo el pacto social europeo.
Ese descontento se refleja en diversas manifestaciones juveniles en Europa y en otras partes del mundo, como en India, con el movimiento de las Cucarachas, que muestran cómo una generación en apariencia apática encuentra nuevamente en la calle y en la organización las claves para transformar la frustración individual en demandas colectivas.
En su momento, ese malestar social fue decisivo para el regreso de Trump a la Casa Blanca, cuyas promesas de recuperar el empleo industrial, mejorar los salarios y reducir la inflación, acompañadas por un discurso estigmatizante contra los migrantes, encontraron eco entre sectores trabajadores golpeados por décadas de bajo crecimiento económico y estancamiento de los salarios. Sin embargo, su gobierno no pudo revertir las condiciones que alimentaron ese descontento y, por el contrario, su estilo confrontativo, el cuestionamiento de las instituciones y sus prácticas autoritarias profundizaron el deterioro de la convivencia democrática.
A su vez, la guerra contra Irán profundizó las contradicciones del gobierno de Trump, que llegó al poder con la promesa de priorizar los problemas internos y terminó involucrando a su país en un conflicto con graves consecuencias económicas y políticas a escala mundial. La inestabilidad del precio del petróleo y el cierre del estrecho de Ormuz pusieron de manifiesto los límites de la superioridad militar estadounidense para garantizar el control geopolítico, demostrando que el dominio de los puntos estratégicos de abastecimiento puede convertirse en una poderosa herramienta de presión sobre la economía mundial.
Estas contradicciones atraviesan el escenario político en el que los estadounidenses irán a votar el próximo martes y, aunque en Estados Unidos es habitual que el oficialismo pierda bancas en esta instancia, un eventual retroceso republicano tendría un significado que iría más allá del desgaste propio de cualquier administración, porque permitiría medir el respaldo social a Trump, condicionaría su capacidad de gobierno durante los dos años restantes de mandato y pondría a prueba la continuidad de su proyecto político. A ello se suman las tensiones dentro del movimiento MAGA, entre quienes rechazan nuevas intervenciones militares y quienes promueven una política exterior más agresiva, mientras que los demócratas también llegan a estas elecciones atravesados por diferencias entre los sectores tradicionales del partido y aquellos que buscan construir una alternativa política capaz de responder a las demandas de los trabajadores y los jóvenes.
Para la Argentina, estos comicios adquieren especial importancia en un mundo cada vez más multipolar, en el que Estados Unidos, pese a conservar su enorme poderío militar, financiero y tecnológico, enfrenta un declive relativo de su hegemonía. La competencia con China y la disputa por los recursos estratégicos refuerzan su accionar injerencista para reafirmar el control sobre lo que denomina hemisferio occidental, una orientación que se traduce en mayores presiones económicas, políticas y militares sobre América Latina.
La agenda de securitización impulsada por Washington constituye una manifestación concreta de esta orientación, ya que bajo el argumento de combatir el narcotráfico y el denominado narcoterrorismo, iniciativas como el Escudo de las Américas promueven una mayor articulación militar, policial y de inteligencia que desdibuja peligrosamente los límites entre defensa nacional y seguridad interior. En una región rica en recursos estratégicos, estas políticas incrementan los riesgos de injerencia externa, favorecen la militarización de los conflictos sociales y contribuyen al debilitamiento de las garantías democráticas.
En este escenario, el alineamiento automático de Milei con Trump y Netanyahu subordina nuestra política exterior a los intereses y al destino político de gobiernos extranjeros, limita la capacidad de diversificar nuestras relaciones internacionales y debilita los vínculos regionales, precisamente cuando las transformaciones del mundo exigen que haya mayor integración regional para fortalecer capacidades productivas, científicas y tecnológicas propias y ampliar nuestros márgenes de autonomía.
Sin embargo, la victoria de Lula en Brasil constituye una expresión concreta de los límites de la política injerencista de Estados Unidos y un nuevo signo de debilidad para Trump, cuya apuesta por la ultraderecha representada por Flávio Bolsonaro no logró imponerse en las urnas.
Cuando Lula afirma que “Brasil no va a ser el patio trasero de nadie”, expresa un rechazo contundente a las pretensiones estadounidenses de subordinar a América Latina a sus intereses. La derrota de la ultraderecha brasileña adquiere así una dimensión que trasciende las fronteras nacionales, porque reafirma el derecho de los pueblos a decidir su propio destino frente a las presiones y a las múltiples injerencias externas.
El discurso de Lula puso de manifiesto que la defensa de la soberanía nacional exige también construir capacidades propias; de allí su énfasis en la necesidad de desarrollar una inteligencia artificial brasileña y fortalecer la educación, la ciencia y la tecnología como pilares de un auténtico proyecto nacional. En esa misma dirección, denunció los intentos de las plataformas digitales de interferir en el proceso electoral y reclamó regulaciones que impidan que su poder económico y tecnológico se imponga sobre la voluntad popular. En definitiva, lo acontecido en Brasil refleja que para enfrentar el poder de los algoritmos se necesita organización política, territorio y reconstrucción de los vínculos entre la política y la sociedad.
Su triunfo representa, además, un límite para Milei, cuyo respaldo explícito a Bolsonaro profundizó el deterioro de la relación con nuestro principal socio regional y agravó el aislamiento internacional de Argentina. Una vez más, quedan expuestas las contradicciones de una política exterior que apuesta a la subordinación a Estados Unidos mientras debilita los vínculos con países fundamentales para nuestro desarrollo, cuando fortalecer la relación estratégica con Brasil es una condición indispensable para reconstruir la integración regional y robustecer la capacidad de la Argentina para defender sus intereses frente a las grandes potencias.
Las elecciones estadounidenses deben comprenderse, entonces, como parte de una crisis más profunda de las condiciones económicas y sociales que sostienen la legitimidad democrática y la reconfiguración del orden internacional. Para América Latina, y particularmente para nuestro país, la única manera de evitar que las disputas internas de Estados Unidos y la competencia entre las grandes potencias condicionen nuestro futuro es construir autonomía a través de la integración regional y el desarrollo de cadenas de valor regionales y capacidades científicas y tecnológicas propias. De lo contrario, continuaremos ocupando una posición periférica y vulnerable, sometidos a presiones externas y a las consecuencias de un repliegue estadounidense que reafirma su injerencia sobre la región.
Tal y como demostró Brasil, el desafío es evitar que el rumbo de nuestros países quede subordinado a Washington y recuperar la capacidad de construir un proyecto propio de desarrollo.
Agencia NA